Historia

6 min de lectura
18.07.2026

Javier Sedano

Redactor

El placer de conducir de noche bajo el cielo del verano

Hay pocas experiencias tan sencillas y, al mismo tiempo, tan profundamente reconfortantes como conducir de noche. Y si la noche es veraniega, calurosa y el silencio domina el entorno, el placer se hace mucho más intenso, como se encargaba hace tiempo de recordarnos el lema de una conocidísima marca de automóviles. 

Cuando el calor del día comienza a retirarse -a regañadientes-, la ciudad reduce su pulso y todo adquiere una personalidad distinta. Vaga, cansada y tranquilizadora. Las calles, por fin, se detienen y el asfalto deja de ser un lugar de tránsito y pasa a ser un espacio de encuentro, moderadamente sereno. El tráfico desaparece, las prisas se disuelven y el horizonte se abre a lo lejos coronado por una leve luz que, poco a poco, se apaga.

Ese es el momento. El mejor momento para bajar ligeramente las ventanillas y lanzarse a recorrer las carreteras que, como nervios, rodean todo ese entramado urbanita. La brisa, el sofoco de la tierra caliente que empieza a enfriarse y la vegetación que respira en la oscuridad. A esa hora, la noche empieza a tener sonidos propios. El rumor del motor -cada vez más apagado-, el roce de los neumáticos sobre la carretera, alguna canción elegida sin prisa y el inmenso silencio que rodea cada recta, cada curva, cada trozo del camino. Todo tiene algo de ritual.

Conducir de noche es, en cierto modo, un lujo contemporáneo. Un momento de pausa entre llamadas telefónicas, agendas llenas y odiosas reuniones. La urgencia permanente. En la oscuridad desaparece buena parte de todo ese ruido. Solo la carretera, el camino elegido y la sensación de avanzar sin más objetivo que el simple disfrute del trayecto.

No es extraño que el cine y la literatura hayan encontrado en estas imágenes una fuente constante de inspiración. Como en Paris, Texas, de Wim Wenders, con sus carreteras interminables y los vastos paisajes de Estados Unidos. Una road movie gloriosa, una obra maestra sobre el valor del viaje, la inmensidad, la soledad, el reencuentro y la redención. O la novela En la carretera, de Jack Kerouac, una oda a la libertad, al valor de estar en el camino por encima de todas las cosas. Por encima de todos.

O el icónico paisaje que Raymond Chandler describe en Adiós, muñeca, con el detective Philip Marlowe conduciendo de noche hacia Bay City en medio de una atmósfera tan opresiva como inquietante:

Soplaba un viento de desierto aquella noche. Era uno de esos vientos cálidos y secos, los ‘Santa Anas’, que bajan por los pasos de las montañas, encrespándote el pelo, haciendo que tus nervios salten y que la piel te pique. En noches así, toda fiesta de borrachos termina en pelea. Las dulces y pequeñas esposas sienten el filo del cuchillo de trinchar y estudian el cuello de sus maridos. Todo puede pasar.

Quizá por eso las horas nocturnas tienen algo de ritual. Las luces del salpicadero crean una atmósfera íntima. La luna acompaña desde algún lugar del cielo. Los kilómetros transcurren con una cadencia tranquila y casi hipnótica. Todo parece encontrar su ritmo natural.

El compañero de viaje

Y, en medio de esa experiencia, entre las luces del salpicadero y la claridad nocturna, se aprecia un compañero de viaje fiel e inalterable, el reloj, que sigue marcando los minutos y las horas con precisión serena, imperturbable, con aires de perfección inocente.

Hay relojes que encierran todas esas emociones, que son un homenaje a las conducciones nocturnas, al tramo recorrido, a cada canción escuchada. Relojes inspirados y hechos para ese momento. Para la noche.

Como el modelo Radomir de la firma Panerai, concebido a partir de un singular material luminiscente, o los modelos Luminor de la misma firma italiana, piezas deportivas, versátiles y robustas. En parecida línea se mueven el TAG Heuer Monaco y el exclusivo TAG Heuer Monaco Night Driver, un Super-LumiNova capaz de expandir su brillo en una superficie muy amplia a partir de un azul vivo resplandeciente, con índices lacados en negro que marcan las horas. Deslumbrante. Todo un espectáculo para la vista.

El Rolex Cosmograph Daytona, forjado en las muñecas de algunos de los más grandes nombres del automovilismo. Desde su nacimiento en los años 60, el Cosmograph ha evolucionado más allá de las pistas de carreras -su nombre proviene del circuito estadounidense de Daytona- y se ha convertido en todo un icono. Paul Newman, Jackie Stewart, Tom Kristensen, Scott Pruett, las 24 Horas de Le Mans… historia de la conducción y la relojería.

Incluso la colección Avenger de Breitling, creada para los pilotos de combate y diseñada para tomar el control en cualquier tipo de conducción, incluso por la noche. Sorprenden por su atrevido diseño, excepcional resistencia y alta funcionalidad. Un compañero definitivo para la aventura de la vida.

Tal vez esa sea la verdadera magia de las carreteras nocturnas de verano, las que nos hacen sentir que, por unas horas, el mundo se mueve más despacio. Y que el tiempo, acompañado por un buen reloj y la luz irrepetible de esos instantes, vuelve a pertenecer al que se lanza al misterio de la noche.

Sobre el autor

Javier Sedano

Redactor Profesor de Empresa Informativa en la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM y profesor de Comunicación en la Universidad Isabel I de Burgos. Doctor ‘cum laude’ y Licenciado en Periodismo por la UCM. Máster en Publicidad y Comunicación Empresarial (ESIC) y Máster en Radio (RNE-UCM). Miembro del grupo de investigación Mediacom UCM, de la Preincubadora de Emprendimiento de la Facultad de Ciencias de la Información y socio de honor ProCom. Es asesor de Comunicación. Ha sido director de Comunicación de Nyesa Valores Corporación, S.A.; asesor de Comunicación de la Secretaría de Estado de Hacienda; patrono y director de Proyectos de la Fundación Transparencia y Opinión; redactor-jefe del diario La Gaceta de los Negocios; y redactor-presentador en Intereconomía TV, Radio Intereconomía y RNE.

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